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Twitter&MoneyComo publicidad podemos definir una forma de comunicación subjetiva e interesada que puede proporcionar a los consumidores una información valiosa, pero que siempre debemos analizar con una mirada crítica, ya que nadie regala nada. La excepción a la norma la podrían constituir las denominadas entidades sin ánimo de lucro aunque, en mayor o menor medida, habrá voces críticas que dirán que éstas también se mueven por sus intereses, sean de carácter económico o de otra índole. Pero sea como sea, a lo largo de los últimos años han proliferado mil y una formas de impactar a los consumidores de los mensajes, un fenómeno ligado a lo que se ha venido a denominar como revolución digital.

En este sentido, hemos asistido al auge de infinidad de nuevas plataformas para trasladar los mensajes publicitarios a los consumidores y usuarios de las mismas. La aparición de los medios online propició nuevos formatos publicitarios que nos impactan en el momento de acceder a sus contenidos informativos, y las redes sociales se han convertido uno de los grandes filones en pleno proceso de experimentación y explotación. Facebook,LinkedInTwitter y tantas otras redes se han convertido en los grandes campos de batalla de las marcas para hacerse un espacio en las mentes de sus usuarios.

La popular red Facebook ha experimentado una progresión espectacular en la inclusión de publicidad. Desde los tiempos en que era una empresa debutante en el Nasdaq que tenía como gran reto incluir publicidad para monetizar sus crecientes usuarios desde la aplicación para smartphone, la red social creada por Mark Zuckerberg ha pasado a incluir anuncios en el muro de los usuarios, un método que también traspasó a la versión para navegadores de la red social. Los anuncios personalizados en función de los intereses propios y de los contactos de los usuarios se han convertido en una compañía habitual. Desde entonces, la eclosión de nuevos formatos publicitarios ha sido una constante no exenta de polémica entre los usuarios, hasta el punto de generar un importante grado de rechazo, muy probablemente espoleada por los decepcionantes resultados de la compañía en el mercado de valores.

Como no podía ser de otra forma, Twitter ha terminado por seguir el mismo camino. La red de microblogging ha anunciado recientemente la puesta en marcha de un modelo de publicidad personalizada, más allá de los tuits patrocinados a que nos tenía acostumbrados, que utilizará las cookies de sus 215 millones de usuarios para ofrecer una publicidad a medida y que cambiará de unas personas a otras dependiendo de sus intereses demostrados. La intención, claro está, es aumentar los ingresos de la plataforma de cara a la inminente salida a bolsa, lastrada por algunas informaciones que apuntan a que no es tan brillante como parece: según estimaciones de la revista The Atlantic, basadas en información de la propia compañía, tan sólo se obtienen 80 céntimos de dólar por cada mil visionados de un mensaje, es decir, poco menos de 60 céntimos de euro; una propuesta no demasiado atractiva para los futuros inversores. Por otra parte, la semana pasada se anunció la creación de @eventparrot, una cuenta (de momento no oficial, aunque parece que es de la propia compañía) que ofrece enlaces a las noticias de editores externos, en una especie de servicio de periódico personalizado. La pregunta inmediata y evidente que me hago es si el criterio de selección de las mismas será verdaderamente en función de los intereses de los usuarios, o bien predominarán los de las marcas comerciales anunciantes.

No estoy en contra de que las plataformas intenten convertir sus modelos en negocios rentables, dado que tienen que convertirse sostenibles económicamente. Pero es necesario que nos detengamos a reflexionar hacia dónde se dirige esta sociedad de la información nuestra en la que vivimos. Buscadores que filtran los resultados informativos en función de los perfiles, mensajes presuntamente informativos supeditados a intereses comerciales… Quizá el futuro no sea otro que un back to basics a la máxima del ilustre pensador clásico Sócrates: sólo sé que no sé nada …

Artículo original publicado en 50×7

Me he permitido tomar prestado el título traducido de la obra del bardo inmortal de Stratford-upon-Avon para hacerme eco de lo acaecido durante las últimas semanas en relación a la campaña de LOEWE para su línea Oro, y que ha levantado una enorme polvareda en los medios de comunicación y las redes sociales.

La marca ha sido desde el siglo XIX un referente de las marcas de lujo en España, equiparable a otras míticas firmas como Hermès o Dior en Francia, o Gucci en Italia. Marcas posicionadas en torno al lujo, la elegancia y la exclusividad, que tradicionalmente han realizado una comunicación en sintonía con estos valores. Por ello no deja de sorprender el lanzamiento de un vídeo por parte de LOEWE, en el que una serie de jóvenes, muy conocidos en el entorno ‘fashion’ de Madrid, explican lo que para ellos significa el famoso modelo Oro, lanzado en 1975. Las declaraciones de los mismos a lo largo del vídeo han corrido como la pólvora por las redes sociales, mayoritariamente para ser motivo de chanza. Casi cinco minutos de metraje firmados por Luis Venegas, director creativo con una dilatada trayectoria en el campo de la moda, en la que ha trabajado para marcas como Carolina Herrera, además de la misma LOEWE.

El resultado ha sido la aparición de varias parodias, en las que se pone de relieve la insustancialidad de las opiniones de sus protagonistas, siendo tildados de ‘pijos’, y suscitando las burlas generalizadas en Internet. Vaya por delante decir que, sin conocer con exactitud los objetivos de la firma, ni si existe una intención de reposicionar la marca, resulta complicado emitir un veredicto sobre la adecuación o no de dicha campaña. Pero independientemente de ello, existen una serie de aspectos que creo que vale la pena resaltar, y que probablemente constituyan elementos de juicio para valorarla desde el punto de vista comunicativo.

Cierto es que la campaña ha conseguido poner una marca reservada a un público muy exclusivo en boca de todos, o sea que ha obtenido una considerable notoriedad en medio de la enorme saturación publicitaria en la que vivimos. Pero creo que hay algunas preguntas más que cabe formularse. ¿Qué ha obtenido realmente LOEWE de esta acción? ¿Qué aporta ser el centro de una vorágine de críticas y parodias a una marca de élite? Creo que lo único que han conseguido es reforzar la extendida idea de la moda como algo caracterizado por la superficialidad y la indolencia, con lo que han hecho un flaco favor no sólo a su firma, sino al mundo de la moda en general.

Personalmente no creo que vayan a lograr nada más que una memorable colección de parodias, ante las cuales además LOEWE ha guardado un silencio sepulcral, a excepción de escasas reacciones por parte de algunos de sus protagonistas quitando hierro al asunto. Y lo más duro es que las múltiples parodias aparecidas ya han generado más expectación que el propio spot, con lo que mucho me temo que se recordará más por estas que no por el original. En definitiva, creo que la campaña de LOEWE se ha quedado en una desafortunada acción de comunicación, así que habrá que esperar a ver cuáles son sus propuestas para el futuro. Pero de lo que estoy seguro es que le darán un par de vueltas más a su estrategia, confiando en que este desafortunado incidente quede en una simple moda pasajera…

Gracias a un interesante debate mantenido con Minerva Garcia de Idearium 3.0 en el grupo BRANDSTEGY en LinkedIn, empecé a darle vueltas a este artículo sobre Groupon, portal online de cupones de descuento, y las múltiples polémicas que ha suscitado en los últimos tiempos. Por ello, vaya por delante mi agradecimiento a sus siempre interesantes aportaciones.

En España el portal cuenta con más de 4,5 millones de usuarios, y los responsables de la compañía aseguran que sus ventas superan a las de Groupalia y LetsBonus. Una bonanza que se ha tradujo en que el pasado mes de noviembre de 2011 debutó cotizando en índice Nasdaq, con un precio de 20 euros por acción en Wall Street; pero el 24 de noviembre, apenas una decena de días después, las acciones se desplomaban con una caída del 30% en tan sólo tres días. No obstante, en el cuarto trimestre de 2011 Groupon ingresó 506,5 millones de dólares, un 194% más que durante el mismo periodo del año anterior, y la previsión anunciada para el primer trimestre de 2012 es de entre 510 y 550 millones, y el valor actual de de la compañía se estiman en torno a los 16.000 millones de dólares.

Pero desde su puesta en marcha, los problemas de los consumidores con el portal de ofertas se han ido multiplicando, recibiendo quejas y demandas de asociaciones de consumidores que se han ido extendiendo en todos los países, así como problemas con organismos reguladores, de los que podemos destacar algunos ejemplos. En julio de 2001 Groupon Argentina era clausurado por ofrecer viajes sin contar con la autorización para ello, y desde entonces las noticias relacionadas con las presuntas ofertas fraudulentas e incumplimiento de las condiciones anunciadas en las ofertas que publica han proliferado de forma vertiginosa en los últimos meses, tanto en los medios tradicionales como en las redes sociales. Y en Reino Unido se ha iniciado una investigación por parte de la Office of Fair Trading debido a la repetidas violaciones de la normativa de publicidad; en concreto, según datos de Tnooz, 48 veces en apenas 11 meses, en las que las principales acusaciones son de exagerar los ahorros publicitados, no garantizar que las ofertas estén disponibles, y no dejar claros los términos y condiciones de las mismas.

Más allá de los problemas que pueda tener Groupon en el desarrollo de sus actividades y sus buenas o malas prácticas, son los organismos reguladores quienes deben actuar si se estima que una empresa lleva a cabo malas prácticas, y son quienes deben proteger al consumidor, tanto mediante las sanciones oportunas, como mediante una labor pedagógica de consumo responsable. Personalmente, creo que la estrategia del ‘todo vale’ es un error, y que probablemente el portal ganaría en coherencia agrupando las ofertas, aunque supongo que no les debe ir nada mal si siguen apostando por estas promociones.

Pero a mí hay otro aspecto sobre el que me gustaría reflexionar, y que no es otro que la posición que adoptan las marcas cuando deciden anunciarse en un portal de cupones. Las empresas son las que deben plantearse acudir a un canal de estas características, porque puede echar por tierra toda la estrategia de branding que probablemente les haya costado mucho tiempo y esfuerzo construir. Hay muchos productos y servicios, y muchos canales para hacerlos llegar al consumidor, pero un paso en falso puede echar por tierra toda nuestra estrategia de marca. ¿Qué credibilidad puede tener un centro de salud que oferta descuentos en cirugía, al lado de otro anunciante que vende su último modelo de aspirador? Quizás peque de aprensivo, pero a mí no es que me genere precisamente una excesiva confianza poner mi salud en sus manos, por barato que me salga… Alejarse de los valores que queremos que transmita la marca en busca de aventuras de rédito comercial inmediato puede salir muy caro a la larga, amén de que los descuentos que las empresas se ven obligadas a realizar mucho me temo que poco margen deben dejar, en buena parte debido a las duras condiciones que este tipo de portales imponen a las empresas que quieran publicar sus ofertas.

Supongo que ante el descenso estrepitoso del consumo muchas empresas probablemente vean este tipo de oportunidades como una tabla de salvación; cortoplacista, sí, pero un respiro al fin y al cabo, o bien una posibilidad de aumentar la notoriedad por la vía que sea. Pero esta mentalidad es la que va a tener funestas consecuencias sobre la reputación de las marcas a medio y largo plazo, porque el gran juez de nuestros productos y servicios no es otro que el cliente que los adquiere. Y ante esto, no hay regulación que valga excepto una: un posicionamiento claro y una buena dosis de sentido común.